15.11.2017

15.11.2017
Diseño de portada de Olalla Pons

miércoles, 16 de marzo de 2016

Tiempo de espera




Hace muchos meses que no pasaba por aquí.
Incluso podría parecer que he abandonado este proyecto; nada más lejos, el proyecto sigue adelante y a buen ritmo, aunque he añadido algunas subtramas que van a complicar un poco la historia inicial y he decidido también dividirla en tres partes. Sigo con la idea principal y voy desarrollándola y definiéndola poco a poco en notas aquí y allá. Pero otras historias requieren mi atención con más urgencia y la historia de Eva, Gabi y Bea no saldrá a la venta hasta septiembre-noviembre de 2017. Por el momento podéis leer el primer capítulo aquí y también en Wattpad. 
He de decir que estoy satisfecha porque voy sumando votos y los comentarios son positivos, creo que la historia va a gustar y eso me anima a seguir adelante. También la portada, creada por Olalla Pons, está teniendo una calurosa acogida y muchos lectores ya se sienten intrigados por saber de qué va esta nueva historia. Espero no defraudaros.
Próximamente más noticias... 

Después de doscientas noventa páginas, cinco cafés seguidos y dos paquetes de cigarrillos apurados al máximo, Eva Suárez puso punto final a su última novela romántica.
Entonces no sabía que no iba a haber otra más después de aquélla; nada más lejos de sus intenciones.
Pero esta vida nuestra, ay, es muy caprichosa; no siempre va por dónde nosotros queremos.
Hacemos planes, trazamos rutas, nos marcamos objetivos e intentamos superarnos, pero el azar, las modas, los nuevos tiempos lo cambian todo, lo vuelven del revés, y un buen día amanecemos sin nada; desnudos y desprotegidos, tal y como llegamos a este mundo.
Los hay más intuitivos, más avispados; gente que se anticipa al futuro y obra en consecuencia para que el mañana no los pille con los calzones bajados y el culo al aire.
Gente que se reinventa cada día para no perder el tren de la modernidad y el progreso.
No era el caso de Eva.
Estaba tan acomodada en el mullido y plumífero lecho del éxito que ni en sus peores pesadillas contemplaba la artera posibilidad de que su mundo se resquebrajara de un día para otro.
No conocía más tragedia que la de haber crecido sin una madre.
Y si le preguntabas por ello, nunca lo habría llamado «tragedia»; su tía Lourdes había llenado a rebosar el vacío que Solange había dejado al morir.
No se echa de menos lo que no se conoce, y Eva nunca echó en falta el amor materno porque su tata le dio el amor que cualquier madre le da al más amado de sus hijos.
Por lo demás, había crecido dentro de una familia acomodada, de la alta sociedad madrileña; se había educado en Francia, Inglaterra y Suiza, en los mejores colegios para señoritas y solo un impulso de añoranza la había devuelto a Madrid para estudiar la carrera de Filosofía.
En realidad, lo que Eva quería era pescar un buen marido y dedicarse al dolce far niente; como cualquier niña rica, no tenía a los dieciocho años más aspiración que divertirse y dejarse adular por los petimetres y moscones que la rodeaban allá donde iba. Pero la razón, personificada en tata Lourdes, se impuso y Eva, después de licenciarse y escucha sus sabios consejos, decidió que, ya que debía hacer algo por labrarse un porvenir, iba a escribir novelas rosas.
Como Barbara Cartland y Corín Tellado.
¿Por qué no?
Podía ser incluso divertido.
Imaginación no le faltaba, ni fantasías románticas tampoco; ni hombres que inspiraran sus héroes más aguerridos.
Sí, escribir novelas de amor podía ser un buen entretenimiento mientras esperaba la llegada de su príncipe azul.
Por supuesto, había tonteado con muchos de sus compañeros de facultad, pero salió de la Complutense tal y como entró: con la virginidad intacta y la cabecita llena de pájaros.
A tata Lourdes la satisfizo la decisión de su sobrina, y aunque hubiera deseado que escribiera cosas de más calado, con más personalidad y fuerza, compromiso y responsabilidad, pensó que para empezar la novela romántica no era una mala idea; con la madurez llegarían nuevos retos y horizontes.
Pero no llegaron.
A la primera novela siguió la segunda, y luego la tercera y la cuarta, y la quinta y la sexta… Y hasta hoy.
Siempre la misma fórmula, siempre el mismo planteamiento, siempre el mismo final; los mismos personajes y las mismas situaciones.
Leías una y las habías leído todas.
Al principio Lourdes la aplaudía y la animaba; ahora no sabía cómo decirle que o cambiaba el chip o estaba abocada al fracaso.
Lourdes era médico pediatra, no estaba metida de cabeza en el mundillo literario, pero sí tenía amigos en los círculos intelectuales más selectos de la capital, y si algo tenía claro era que el siglo XXI, con los recursos tecnológicos más avanzados y la globalización de la información y la comunicación, estaba hecho para gente atrevida, temeraria y con voluntad de cambiar el mundo.
Y su sobrina Eva no estaba en ese grupo de gente dispuesta a todo por revolucionar la literatura.
Se había apalancado en su cómodo sillón y aunque había cambiado la máquina de escribir de los 80 por el portátil del nuevo milenio, sus ideas se habían anquilosado peligrosamente.
Ni siquiera Gabriel, su marido, tenía ya ninguna influencia sobre ella.
A Lourdes siempre le cayó bien Gabriel; era un hombre que se vestía por los pies, como su padre y su abuelo; un hombre con las ideas claras, un criterio muy suyo y absolutamente independiente e inmune a modas, chismes y sobornos de ningún tipo.
Un hombre que, Dios mediante, podía poner orden y sentido común en la cabeza de chorlito de su joven sobrina.
Sí, Lourdes confiaba plenamente en su yerno postizo, lo hizo desde el primer día y aún seguía confiando en él, aunque en los últimos meses notaba que la relación entre ellos estaba un poco más que tirante.
No le daba más importancia de la debida porque crisis siempre hay, hasta en las mejores familias, y con buen tino y buena voluntad todo se soluciona.
No sabía hasta qué punto las profesiones de ambos tenían algo, o mucho que ver en aquel distanciamiento que se palpaba hasta en el aire; cuando quedaba para comer con ellos, siempre tenía que ser ella la que rompiera el hielo con sus historias de médicos o sus anécdotas del club de lectura.
A veces, y cada día más, tenía la incómoda sensación de que aquel matrimonio ya no tenía nada que decirse.
La última novela de Eva, Hasta que decidas dejarme, la había mantenido recluida los últimos seis meses en el despacho de su piso de Albacete, ciudad a la que se mudó el matrimonio después de su luna de miel porque la familia de Gabriel era de allí y él quería estar cerca de los suyos.
Lourdes y Eva mantenían el contacto semanalmente por mail o whatsapp, aunque en las últimas semanas no había sabido nada de ella debido precisamente al estrés que antecede al parto de cualquier «criatura» literaria.
Nadie podía acercarse a la autora en esos días previos al final de cualquier historia; apenas comía ni dormía hasta que concluía su labor. No se relacionaba con nadie, apenas con su marido; no contestaba llamadas ni mensajes, ni salía a la calle, ni acudía a presentaciones, fiestas ni eventos. Nada hasta que la palabra «FIN» brillaba con luz propia en la pantalla del portátil. Entonces volvía a ser la Eva de siempre: cariñosa, parlanchina, casi frívola en su desmedido gusto por las nuevas tendencias y los nuevos rumores del mundillo.
Le gustaba que hablaran de ella, y si era entre lisonjas, mejor que mejor.
A fin de cuentas, estaba entre las autoras más leídas del país.
Siempre que ponía la palabra “FIN” en cualquiera de sus historias sentía una agridulce sensación recorriéndole la espina dorsal: una mezcla de orgullo e indiferencia. Orgullo porque nuevamente había completado otra trama; indiferencia porque después de veinte años aporreando el teclado, pocas, muy pocas cosas lograban ya conmoverla.
Pero ese era un secreto que jamás le confesaría a nadie.
Buena parte de su éxito entre las lectoras residía en haber sabido cultivar una imagen que correspondiera al ciento por ciento al mensaje almibarado y rebosante de optimismo que transmitían todos y cada uno de sus libros.
Sus libros gustaban porque rebosaban sensibilidad y nobles sentimientos.
Se vendían por docenas.
Su familia era fan incondicional de todo lo que hacía o decía, sus amigas no se perdían ni una sola de sus novedades, y su marido… Bueno, su marido era un hombre. Tampoco le pidió nunca mucho romanticismo o lo esperó de él.
No tenía queja de nada.
Su agente la llevaba en palmitas porque sabía que escribía mucho, a veces tres y cuatro novelas en un año, y lo hacía bien. La editorial tampoco había manifestado ninguna queja en los quince años que llevaba trabajando con ellos.
A veces su marido la acusaba de dormirse en los laureles, de hacer siempre lo mismo, de repetir hasta la náusea la fórmula magistral del éxito.
Ella hacía oídos sordos a sus críticas.
Si la fórmula funcionaba ¿por qué cambiarla?
¿Qué ganaba arriesgando con algo nuevo y desconocido que, además, no iba con ella?
Suspiró al pensar en ello mientras miraba su reloj de pulsera.
Las siete de la mañana; llevaba ya dos horas tecleando, corrigiendo y puliendo detalles. Era muy minuciosa con sus obras. Lo quería todo perfecto; no importaba si ya llevaba cincuenta y nueve libros a sus espaldas. Para ella el último era tan importante como el primero.
Mientras abría su correo de Google para mandar el manuscrito a Lola Palacios, su agente, echó un vistazo a la calle a través de la ventana. Amanecía y Chema estaba abriendo el bar donde, todos los días a las once en punto, tomaba su café con leche y su donut. Era un desayuno ritual al que no faltaba, salvo que estuviera muy enferma y no pudiera salir de casa; en tal caso, Gabi se lo subía y lo dejaba en la mesa de la cocina junto con una rosa roja de tallo largo recién cortada.
Gabriel y ella llevaban casados más de veinte años.
Estudiaba segundo año de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid cuando lo conoció.
El flechazo surgió al instante.
Fue mutuo y avasallador.
También inspirador, muy inspirador.
Tanto que llenó libretas enteras de escenas; no podía parar de escribir como no podía dejar de amar a Gabi.

FIN DEL PRIMER CAPÍTULO